
Es una tarde de agosto, en la que sopla fuertemente el viento, todo se queda en un ligero amago de tormenta. Las nubes no quieren llorar. Bajo a dar mi habitual paseo, adoro caminar, perderme entre la gente, el ruido y todo lo que pase a mi lado, camino a la velocidad de mis emociones.
Cuando éstas empiezan a girar sin piedad, consigo volar de la desesperación, tanto que doy la impresión de estar desquiciada.
Estoy por creer que lo estoy, mi mente no descansa, no para de cuestionarlo todo!
Y para colmo, yo sin respuestas. He optado porque así sea, evitando enfrentar que a esta edad tenía que ser el puñado de expectativas que todos tenían en mí...
Y ni siquiera soy la mitad, y no estoy segura que quiera ser, ni que sea una milésima parte de lo esperado; mientras todos los demás son expectativas hechas realidad.
Siento el aire denso, atrapada dentro de tanta libertad, demasiadas cosas a la vez, pero nada en las manos. Y siempre es igual, largas caminatas que no logran resolver mí por qué, haciendo cada vez más grande e indescifrable mi maraña de esperanzas.






